Elisha Otis y el primer discurso de ascensor de la Historia

“El objetivo de un discurso no es necesariamente mover a los demás para que adopten tu idea, sino ofrecer algo tan atractivo que inicie una conversación.”
—Daniel Pink, To Sell Is Human

Si eres emprendedor, habrás oído mil veces aquello de que tienes que llevar siempre preparado un discurso breve por si te topas en el ascensor con el CEO de una importante compañía. Dispondrás de unos pocos segundos para venderle tu idea e interesarle lo suficiente como para que concierte una cita contigo.

Pues bien, en su último libro, To Sell Is Human: The Surprising Truth About Moving Others, Daniel Pink explica la supuesta verdadera historia del primer discurso de ascensor, origen seminal del actual elevator pitch. Y como puedes imaginar, tuvo lugar en un ascensor. Sucedió así.

Ascensores y hachas: Elisha Otis y el primer discurso de ascensor de la Historia

A mediados del siglo XIX los ascensores se parecían más al tirado por el elefante de Tarzán en las películas de Johnny Weissmüller que a lo que conocemos hoy en día. Si la cuerda que elevaba los ascensores se rompía, nada impedía que se precipitaran al vacío con toda su carga y letales consecuencias. En este desolador panorama apareció en 1852 Elisha Otis (sí, el de los ascensores Otis de hoy en día). Otis no inventó el ascensor, ingenio conocido desde la Antigüedad. Él inventó algo tal vez incluso más importante: el sistema de seguridad que sirvió para disparar el negocio de los ascensores y dar paso así a la construcción de los grandes rascacielos. Instaló unas barras verticales en el agujero de los ascensores y utilizó un freno de seguridad capaz de activarse automáticamente si la cuerda se rompía, frenando al instante la caída de la plataforma. Como era de esperar, su solución chocó con el escepticismo y no consiguió muchos adeptos.

En 1853, Elisha Otis alquiló el recinto del Palacio de Cristal del Centro de Exposiciones de Nueva York y reunió a una multitud, ante la cual realizó una espectacular demostración de su dispositivo de seguridad. Construyó sobre el suelo del recinto un silo abierto por el que podía subir y bajar un ascensor a la vista de todos. Se montó al ascensor, lo hizo subir hasta una altura de unos tres pisos y con un hacha cortó la cuerda de la que pendía.

La audiencia gritó. La plataforma se desplomó. Pero en segundos, los frenos de emergencia se activaron y detuvieron la caída del ascensor, ante el asombro del público. Aún vivito y coleando, Otis miró a la turbada multitud y anunció:

“Todo bien, señores. Todo bien.”

Simple, sucinto y efectivo. La lección es clara: si tienes un importante mensaje que transmitir, reúne a una multitud y demuestra la verdad de tu mensaje.

¿Qué solemos ofrecer hoy como demostración de nuestra verdad? Un triste PowerPoint. A veces pasan los años y uno no sabe si vamos hacia atrás o hacia adelante.

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