El público impone, ¿verdad? Es igual que tu audiencia esté compuesta por un puñado de desconocidos o por varios cientos de compañeros y amigos. Plantarte delante de un público, sean cuales sean sus características, infunde respeto; a veces, miedo; en ocasiones, por desgracia, incluso pánico. Hoy quiero reflexionar sobre una de las causas de la inquietud que sentimos cuando nos preparamos a exponer nuestras ideas ante una audiencia.

Empezaré con un ejemplo. Imagínate en uno de esos días en que todo parece salir mal. Encontraste atasco en la carretera por la mañana cuando te dirigías al trabajo, llegaste tarde a la reunión en la oficina a primera hora, te llevas una reprimenda de parte del jefe, tu ordenador se empeña en funcionar todo el día con lentitud exasperante y, para colmo, llegas a casa y discutes con tu pareja. Necesitas salir, desconectar de todo, caminar por el parque o por la calle y distanciarte de la película de locos que lleva desarrollándose todo el día en tu cabeza y en la que eres a la vez protagonista y víctima. ¿Por qué te sienta bien salir a dar un paseo, por ejemplo? ¿Por qué te tranquiliza y te ayuda a distanciarte de todas las desgracias del día?

La respuesta quizá te sorprenda: te serenas porque aceptas ceder el papel de protagonista. Harto, por fin, de sentirte el centro de todas las tribulaciones, abandonas el escenario de la tragedia en que se había convertido tu día y vuelves a conectar con lo que te rodea, a encontrar tu sitio dentro del gigantesco teatro del Devenir la Vida y a sentir que, dentro del Gran Marco de Todas las Cosas, tus preocupaciones y tus enojos son relativos y hasta insignificantes. Y así, un paseo por el parque, nadar en la piscina, una sauna en el gimnasio o ponerte a cocinar tu plato favorito, te serenan y te tranquilizan. Has aceptado ceder el centro del escenario y entregarte a una actividad en la que eres un elemento más; un elemento importante, claro, pero uno más al fin y al cabo, consciente de que el resultado de tus acciones sólo depende de ti hasta cierto punto.

Cuando hables en público, instantes antes de situarte delante de tu audiencia, cede mentalmente el papel de estrella, sobre todo de tu propio drama. Nunca te coloques delante del público mientras en tu cabeza sigues siendo el protagonista de esa comedia de los errores (¡y de los horrores!) titulada ¡Dios mío sácame de aquí porque no he tenido tiempo para prepararme!

Has hecho lo que has podido, con los medios a tu alcance y en el tiempo que has tenido. Ahora ha llegado del momento de comunicar, de compartir. Sal de tu cabeza. Suelta esa película. Respira hondo, mira a tu alrededor, sé consciente de la presencia de tu audiencia, de sus caras, de sus cuerpos. Esboza una sonrisa por dentro y por fuera. Deja atrás el pasado con todos sus percances y acepta entregarte al momento presente donde sólo estáis tú y ellos. Vosotros, juntos y a punto de comenzar un acto de comunicación cuyo principio conoces, pero cuyo final ignoras. Y da el primer paso. Y luego, el siguiente. Y así, poco a poco, sorteando con naturalidad los obstáculos que encuentres en el camino, avanza sin aferrarte a un resultado determinado en tu mente. Si en cada paso lo haces lo mejor que sabes y puedes, del final no tendrás que preocuparte.

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DIÁLOGO ABIERTO

¿En alguna ocasión acudiste preocupado y poco preparado a una presentación, te relajaste, y finalmente todo salió bien?

[Créditos: Imagen de cabecera diseñada  para este artículo con elementos de ShutterStock ]

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