Hoy quiero seguir profundizando en nuestra comprensión del miedo que tantos sentimos a hablar ante cualquier tipo de público. Para entender mejor lo que voy a intentar explicarte recomiendo que leas mis anteriores artículos sobre esta cuestión, titulados Renuncia a ser la estrella y olvida el miedo a hablar en público y ¿Miedo a hablar en público? ¡Nunca más!

En el mundo físico de los objetos y de las personas basta alejarse de algo o de alguien no deseado para no verlo y dejar de sentirse afectado, ¿verdad? Por ejemplo, si he notado que los gatos me producen una reacción alérgica, sólo tengo que mantenerlos lejos de mí; si he descubierto que comer naranjas me provoca acidez de estómago, no tengo más que dejar de consumirlas; si cada vez que me encuentro con una antigua novia a la que amé con pasión no correspondida noto que me vuelvo melancólico y triste, procuraré evitar coincidir con ella. El problema radica en que, por lo que respecta a nuestros procesos psicológicos y a la actividad de nuestra mente, esta forma de actuar produce exactamente el efecto contrario, a saber: querer apartar mentalmente algo de nosotros nos ata más a ello. ¿Suena paradójico? Pues sigue leyendo.

Por favor, prueba a hacer el siguiente ejercicio mental. ¿Preparado? ¿Listo? Allá va: no pienses en un elefante rosa. ¿Lo has conseguido? Resulta imposible, ¿verdad? Esta bromita es antigua y quizá ya la conocieras, mas no por ello resulta menos pertinente. La instrucción negativa —no pensar en el elefante rosa— ha producido justo el resultado opuesto: has imaginado inmediatamente al dichoso elefante. Pues con el miedo a hablar en público ocurre lo mismo.

Imagina que la semana próxima tienes que hacer una presentación importante ante un equipo de compañeros del trabajo. Siempre has pensado que hablar en público no está entre tus fortalezas. Tienes bastantes días por delante para preparar la intervención, pero a medida que se acerca la fecha sientes mayor ansiedad y un miedo creciente. En tu cabeza no dejas de imaginar desenlaces fatídicos: te quedas en blanco y no sabes continuar, te hacen preguntas que no sabes contestar, balbuceas o se te quiebra la voz, etc. Sabes que representar mentalmente esas escenas de fracaso no te ayuda en absoluto, sin embargo, eres incapaz de evitar que tu mente te las muestre una y otra vez. De ninguna manera quieres que ocurra nada de eso el día de tu presentación. ¡Sería un desastre! Por desgracia, parece que es lo único que tu mente está empeñada en hacerte ver. Cuanto más quieres alejar esas imágenes de ti, más intensidad y persistencia parecen cobrar. Ahí está la lección: en el ámbito de nuestra actividad mental, no querer algo y esforzarnos por alejarlo de nuestra cabeza, nos ata más fuertemente a ello. Igual que sucedía con el truco del elefante rosa, no querer pensar en las mil y una formas en que podemos fracasar como presentadores, nos ata siniestramente a cada una de ellas.

Bien, ¿y cómo podemos eludir esta trampa mental? La respuesta es simple: mantente alerta a la actividad de tu mente y, cada vez que sorprendas a tu imaginación representando una de esas escenas de fracaso, ¡sal de ahí! Abre bien los ojos y mira a tu alrededor, regresa a la seguridad del momento presente y entiende que ver continuamente en tu imaginación aquello que dices no querer que ocurra, sólo sirve para atarte a ello y aumentar así la probabilidad de que realmente, y para tu desgracia, termine sucediendo.

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DIÁLOGO ABIERTO

¿Alguna vez has sorprendido a tu mente proyectando desenlaces negativos de tus presentaciones? ¿Acaso se cumplieron?

[Créditos: Imagen de cabecera diseñada  para este artículo con elementos de Shutterstock ]

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