Imagina que un transbordador espacial está compuesto por 2.000 piezas o sistemas más pequeños, cada uno con una probabilidad del 99,9% de funcionar correctamente. Para que el transbordador en su conjunto funcione, todas las piezas deben operar sin fallos. ¿Cuál es la probabilidad de que al menos una de estas partes no funcione y cause un fallo fatal en el transbordador?
- 99,9%
- 86,5%
- 0,1%
La respuesta correcta es 86,5%, mucho más alta de lo que la mayoría de la gente supone. Este ejemplo tomado del libro Seeking Wisdom de Peter Bevelin ilustra a las mil maravillas cómo la seguridad de un sistema no depende solo de un componente, sino de cómo interactúan todos sus componentes: aunque cada componente individual tiene una alta confiabilidad, el sistema completo resulta en realidad muy vulnerable a fallos debido a la gran cantidad de piezas necesarias para su funcionamiento correcto. Basta que una parte falle para que todo el sistema falle. Y de una cosa puedes estar seguro: si esperas lo suficiente, alguna pieza terminará fallando.
Por desgracia, estos accidentes ocurren. El 25 de julio del 2000 un Concorde despegó de París rumbo a Nueva York, pero apenas dos minutos después estaba envuelto en llamas. Un pequeño fragmento de metal en la pista desprendido de un avión precedente provocó un encadenamiento fatal: una llanta explotó, los fragmentos perforaron un tanque de combustible, se desató un incendio y el avión perdió el control. Murieron 113 personas.
Un simple trozo de metal desató una catástrofe. Subestimamos la probabilidad de fallos en sistemas complejos. Porque cuando las piezas de un sistema están interconectadas, no basta con que el 99.9% funcione bien. Lo que importa es la interacción entre todas ellas.
Y si te has quedado con la espinita de saber cómo se llega a ese resultado del 86,5%, no sufras, que te lo explico en un momento. Veamos. Cada parte tiene una probabilidad de funcionar correctamente del 99,9% o 0,999. Como las piezas son independientes, la probabilidad de que todas funcionen es el producto de sus probabilidades individuales:
0,9992000 = 0,135
Por consiguiente, la probabilidad de que al menos una pieza falle es el complemento de la probabilidad de que todas funcionen (en la entrada anterior ya nos beneficiamos de la utilidad de la probabilidad complementaria):
1 – 0,135 = 0,865
Lo que confirma que la probabilidad de que al menos una pieza falle y el sistema en conjunto no funcione es aproximadamente 86,5%.
Cuantas más piezas, más fallos, tal es el precio oculto de la complejidad
Imagina que estás armando un castillo de naipes. Al principio, con dos o tres cartas, la estructura es sencilla y estable. Pero a medida que añades más niveles, cada nueva carta hace que la construcción sea más frágil. Un ligero temblor puede hacer que todo se venga abajo.
Ahora cambia los naipes por componentes de un sistema: un transbordador espacial, un reactor nuclear, una red eléctrica, un mercado financiero o incluso tu propio cuerpo están formados por miles de partes interdependientes. Si, como en el ejemplo anterior, cada una tiene una probabilidad del 99,9% de funcionar bien, en un sistema con 2.000 componentes, la posibilidad de que todo el sistema falle por algún error es del 86,5%. Es decir, no es una cuestión de si algo fallará, sino cuándo.

¿Te suena exagerado? Piénsalo así: en 2003, un fallo en una línea de transmisión eléctrica en Ohio causó un apagón en cascada que dejó sin luz a 50 millones de personas en EE.UU. y Canadá. Un solo fallo en un punto clave fue suficiente para colapsar todo el sistema.
De los aviones y centrales nucleares a tu vida cotidiana
Puede que no estés diseñando transbordadores espaciales o redes eléctricas, pero la trampa de la complejidad acecha en todas partes, también en tu vida diaria. ¿Cómo puedes aplicar estas lecciones para tomar mejores decisiones?
1. Finanzas personales: no pongas todos los huevos en la misma cesta
Si tu única fuente de ingresos es tu empleo y vives al día, como te despidan, ¡te sobrevendrá la ruina! Si, en cambio, tienes otras fuentes de ingresos (inversiones, trabajillos de freelance, un colchoncito de ahorro), un despido no hará que todo se derrumbe. Igual que en un sistema complejo, diversificar reduce el riesgo de un fallo catastrófico.
2. Salud: pequeños errores pueden conducir a un gran problema a largo plazo
Tu cuerpo también es un sistema complejo. Una mala alimentación puntual o un pitillo no te hacen daño, pero sumados a la falta de ejercicio, estrés y malos hábitos de sueño, y así año tras año, el sistema empieza a fallar. Como en el Concorde, pequeñas decisiones pueden desencadenar un problema mayor si se acumulan con el tiempo.
3. Trabajo: identifica los puntos críticos
Si en tu empresa hay solo una persona que sabe cómo funciona un proceso clave, cuando se va de vacaciones (o renuncia), el sistema colapsa. Igual que en ingeniería, hay que diseñar con redundancia: asegúrate de que más personas dominen las tareas críticas.
4. Tecnología: no dependas de un solo sistema
Si tu cuenta bancaria, correos electrónicos y redes sociales tienen la misma contraseña, un solo fallo de seguridad puede hacer que lo pierdas todo. Igual que en los sistemas de respaldo de un avión, necesitas independencia: usa contraseñas únicas y sistemas de verificación en dos pasos.
5. Relaciones personales: no dejes que todo dependa de una sola conexión
Si toda tu felicidad depende de una sola persona (pareja, amigo, familiar), un conflicto o una pérdida puede desestabilizarte por completo. Al igual que en un sistema complejo, es mejor diversificar: cultiva varias relaciones, desarrolla intereses propios y fortalece diferentes aspectos de tu vida.
La lección: reducir riesgos, no ignorarlos
Como ya te estará quedando claro, lo más peligroso de un sistema complejo no es solo la cantidad de piezas que pueden fallar, sino la ilusión de seguridad que nos da su aparente estabilidad. Los aviones no se caen todos los días, las redes eléctricas rara vez colapsan y las plantas nucleares parecen funcionar sin problemas… hasta que no lo hacen.
Podemos minimizar riesgos, pero no eliminarlos por completo. Y cuanto más complejo sea un sistema, más impredecible será su fallo. La clave está en aceptar esta realidad y diseñar con ella en mente: diversificar fuentes de energía, garantizar la independencia de los sistemas de respaldo y, sobre todo, entender que ningún sistema es infalible.
Y aquí viene la lección más importante para ti: las cosas malas no son una posibilidad remota, sino una certeza a largo plazo. No importa lo bien que planees tu vida, en algún momento algo fallará. Vas a perder a alguien que quieres. Vas a enfermar en algún momento. Vas a sufrir una mala racha económica, una decepción o un fracaso. Lo que diferencia a quienes sobreviven a estas crisis de quienes quedan paralizados es si han aceptado el riesgo y se han preparado para él.
Si vives con la ilusión de que “eso no me va a pasar”, cuando ocurra, porque te ocurrirá, te pillará completamente indefenso. No confíes en que todo funcionará bien solo porque hasta ahora ha funcionado.
Porque si hay algo seguro, es que lo improbable, tarde o temprano, ocurre.